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Archive for the ‘Teóricos’ Category

Primero, el fragmento de 2001 que nos sirvió de disparador:

Y luego, el link al artículo “Más allá de la conquista de la cultura” (Oficios terrestres N° 21, Facultad de Periodismo y Comunicación Social, UNLP, 2008):

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por Luis Sandoval

A modo de introducción: una presentación que encontré en Slideshare:

Foucault y la superación de la concepción jurídica del poder

Michel Foucault

Michel Foucault

Foucault abandona críticamente lo que llama la concepción jurídica del poder, que impregna incluso el pensamiento psicoanalítico, esa idea de que “aquello en que consiste el poder es aún la prohibición, la ley, el hecho de decir no, una vez más la fórmula «tú no debes»” (Foucault, 1991, p. 8). Una concepción que se muestra –a juicio de Foucault– totalmente insuficiente, porque es una idea formal y restrictiva de la acción del poder. Ejemplarmente, en el tratamiento de la sexualidad (que no es un caso entre otros, sino un ámbito especial del poder en la modernidad) las posiciones en danza son las que analizan la cuestión en términos de instintos y las que lo hacen en términos de ley del deseo.

Una y otra recurren a una representación común del poder que, según el uso que se le dé y la posición que se reconozca respecto del deseo, conduce a dos consecuencias opuestas: o bien a la promesa de una «liberación» si el poder sólo ejerce sobre el deseo un apresamiento exterior, o bien, si es constitutivo del deseo mismo, a la afirmación: usted está siempre, apresado ya (Foucault, 1977, p. 101).

Foucault se pregunta: “¿Por qué concebimos siempre el poder como regla y prohibición, por qué este privilegio?”. Cree encontrar la respuesta en que la idea de poder se encuentra vinculada íntimamente a un proceso histórico concreto: el surgimiento de los Estados europeos occidentales. Los Estados Nacionales van surgiendo y consolidándose, a partir del siglo XIII, en una lucha entre la autoridad central de las monarquías y los poderes locales feudales. Frente al orden antiguo, los ligamentos y las tradiciones de los feudos, la monarquía opone el sistema jurídico: “el crecimiento del Estado en Europa fue parcialmente garantizado por (o, en todo caso, usó como instrumento) el desarrollo de un pensamiento jurídico” (Foucault, 1991, p. 11). En esta empresa, la burguesía se alió a la monarquía: el lenguaje jurídico –incluso la revitalización del derecho romano– es un recurso común de ambas clases: una para justificar la centralización de la autoridad estatal, la otra para posibilitar el ordenamiento de los negocios en el surgente mercantilismo.

Así que:

En otras palabras, Occidente nunca tuvo otro sistema de representación, de formulación y de análisis del poder que no fuera el sistema de derecho, el sistema de la ley […] Y creo que es de esta concepción jurídica del poder, de esta concepción del poder a través de la ley y del soberano, a partir de la regla y la prohibición, de la que es necesario ahora liberarse si queremos proceder a un análisis del poder, no desde su representación, sino desde su funcionamiento (Idem, p. 12).

Ahora bien, esta concepción del poder como esencialmente represivo no resulta arbitraria, sino justificada históricamente por su asociación con la capacidad real de poder de los Estados monárquicos. Es decir: en el proceso de consolidación de las monarquías –y mientras éstas fueron la forma dominante de organización estatal, hasta entrado el siglo XVIII– resulta cierto que la capacidad del Estado era fundamentalmente restrictiva; capacidad de prohibir o de impedir la realización de algo, no tanto capacidad de crear o producir.

El poder estatal era fundamentalmente discontinuo y no se extendía por todas las regiones del imperio en igual forma. Operaba más bien con la lógica de los conjuntos de límites difusos y, obviamente, en este contexto su capacidad mayor era la restrictiva. Pero para el momento mencionado –fines del siglo XVIII– este modelo organizativo ya se mostraba insuficiente para las necesidades de la burguesía. Dos eran los principales inconvenientes que arrastraba:

“El poder político, tal como se ejercía en el cuerpo social, era un poder muy discontinuo. Las mallas de la red eran muy grandes, un número casi infinito de cosas, de elementos, de conductas, de procesos, escapaban al control del Poder” (Idem, p. 13). El caso prototípico, tal vez, es el que constituye el contrabando. En muchos lugares, también en el Río de La Plata, el contrabando es el principal motor económico, más o menos consentido por la autoridad gubernamental. Pero aún con el conocimiento de ésta, lo cierto es que la ilegalidad era una condición necesaria de la organización social. Areas enteras de la vida de las personas y de la actividad económica y social quedaban fuera del control del Poder.

“El segundo gran inconveniente de los mecanismos de poder, tal como funcionaban en la monarquía, es que eran sistemas excesivamente onerosos” (Idem, p. 14). Dada la incapacidad del Estado para generar o producir (conductas, procesos, bienes), su rol se limitaba a la predación, mediante mecanismos impositivos o recaudatorios (de dinero, de cosechas, de bienes, de personal para la leva, etc.) por lo cual su funcionamiento contrariaba el sentido que iba adquiriendo el proceso económico.

Ahora bien, en este  momento de quiebre que son los siglos XVII y XVIII, y a la par que se generan nuevas tecnologías industriales (la máquina de vapor como ejemplo prototípico), también se van perfilando nuevas formas de control, nuevas modalidades de organización de las personas. Es decir que el desarrollo de las fuerzas productivas requiere no solamente de nuevas técnicas ingenieriles, sino también de nuevas técnicas de organización. Se trata, en definitiva, de nuevos dispositivos de poder. Estos nuevos dispositivos pueden agruparse en dos categorías diferentes.

De un lado existe esta tecnología que llamaría disciplina. Disciplina es, en el fondo, el mecanismo del poder por el cual alcanzamos a controlar en el cuerpo social hasta los elementos más tenues por los cuales llegamos a tocar los propios átomos sociales, esto es, los individuos. Técnicas de individualización del poder (Idem, p. 15).

Foucault analizará la imposición de la disciplina en dos ámbitos diferentes: el ejército y la educación. En los cuerpos militares es en donde se descubre la disciplina como herramienta y Foucault lo relaciona con la invención del fusil de tiro rápido. Las mayores inversiones realizadas en el equipamiento del soldado lo encarecen y además requieren del mismo un aprendizaje. Los soldados dejan de ser sustituibles y necesitan instrucción. Equipo más tiempo dedicado a la instrucción implican elevar el costo–soldado, así que es necesario generar técnicas de supervivencia para volverlo más aprovechable, lo que implica más instrucción, etc. El poder militar se fija por primera vez en los individuos, individualiza.

En la educación sucede algo similar. Las decenas o centenas de alumnos van dejando de ser una masa indiferenciada para dar lugar al surgimiento de dispositivos de individualización (la calificación periódica, el examen) e incluso a figuras específicas de estos nuevos modos, tal el caso del celador o preceptor, el encargado, justamente, de la disciplina. Esto se traduce incluso en las configuraciones físicas. No sólo el ordenamiento de los bancos, sino su misma aparición, así lo indica. Las formas antiguas de educación, como el diálogo platónico recorriendo paseos, o el grupo de discípulos alrededor del maestro, son sustituidos por las hileras de alumnos sentados, donde son, otra vez, individualizados.

Estos dos casos son meros ejemplos, ya que este tipo de procesos se traslada a todas las áreas: las oficinas y fábricas, las cárceles, etc.

Es lo que llamaré tecnología individualizante del poder, y es tecnología que enfoca a los individuos hasta en sus cuerpos, en sus comportamientos; se trata, a grosso modo, de una especie de anatomía política, de anatomo–política, una política que hace blanco en los individuos hasta anatomizarlos (Idem, p. 18).

El otro grupo de tecnologías que alumbra este período (la otra familia, diría Foucault) se asienta en el lugar opuesto al de la disciplina. No busca la individualización, sino que hace de su blanco al conjunto, es decir a la población. El poder descubre que su mandato se ejerce no simplemente sobre un grupo humano más o menos numeroso, sino sobre seres vivos regidos o atravesados por leyes biológicas y que éste también es un ámbito de ejercicio del poder. Estas tecnologías, que Foucault denomina bio–política se concentrarán en la regulación de los aglomerados humanos en forma despersonalizada: el urbanismo, la higiene pública, las políticas encaminadas a modificar las tasas de natalidad o mortalidad, van en esta vía. Podríamos agregar –como ejemplo actual de bio–política– los intentos de reducir las tasas de desempleo y subempleo.

Así que aquí tenemos la nueva forma de ejercicio del poder:

Antes existían sujetos, sujetos jurídicos a quienes se les podía retirar los bienes, y la vida además. Ahora existen cuerpos y poblaciones. El poder se hace materialista. Deja de ser esencialmente jurídico. Ahora debe lidiar con esas cosas reales que son el cuerpo, la vida (Idem, p. 20).

Pero bueno, si el poder no debe ser ya entendido en los términos de la concepción jurídica; y si este modelo jurídico es el predominante a la hora de conceptualizarlo, si incluso las tendencias psicoanalíticas que postulan la imposibilidad del deseo por fuera de la ley, de la ley como elemento constitutivo del deseo; si, decíamos, incluso estas posiciones psicoanalíticas parten de una concepción del poder como esencialmente prohibitivo, o negativo ¿cómo construir un modelo que se base en el reverso, es decir en el carácter positivo y productor del poder?

Para empezar

El análisis en términos de poder no debe postular, como datos iniciales, la soberanía del Estado, la forma de la ley o la unidad global de una dominación; éstas son más bien formas terminales. Me parece que por poder hay que comprender, primero, la multiplicidad de las relaciones de fuerza inmanentes y propias del dominio en que se ejercen, y que son constitutivas de su organización; el juego que por medio de luchas y enfrentamientos incesantes las transforma, las refuerza, las invierte; los apoyos que dichas relaciones de fuerza encuentran las unas en las otras, de modo que formen cadena o sistema, o, al contrario, los corrimientos, las contradicciones que aíslan a unas de otras; las estrategias, por último, que las tornan efectivas, y cuyo dibujo general o cristalización institucional toma forma en los aparatos estatales, en la formulación de la ley, en las hegemonías sociales (Foucault, 1977,  pp. 112-113).

“El poder no es una institución”, dirá Foucault. De aquí el equívoco de quienes pretenden “tomar el poder”, asimilándolo al aparato estatal. La historia está llena de revoluciones que, al verse imposibilitadas de construir relaciones nuevas, fueron deglutidas por sus viejos enemigos. El poder no es un objeto, algo que pueda poseerse, arrebatarse o compartirse. No siendo un lugar, una institución, el poder es una relación, o mejor el conjunto de relaciones entre puntos múltiples, dispersos en todo el tejido de la sociedad. Pero dispersos en forma discontinua; no subyace aquí algún tipo de idea de totalidad que dé coherencia al conglomerado de relaciones de fuerza. Al contrario:

Omnipresencia del poder: no porque tenga el privilegio de reagruparlo todo bajo su invencible unidad, sino porque se está produciendo a cada instante, en todos los puntos, o más bien en toda relación de un punto con otro (Idem, p. 113).

Así que lo primero a considerar es la condición relacional y no objetual del poder. Pero además, estas relaciones son “inmanentes y propias del dominio en que se ejercen”. Por lo primero entendemos que no son un plus, un agregado a la relación, en forma tal que cabría la posibilidad de exorcizarlas, de generar las relaciones “sin poder”. No es así: el poder es inmanente a las relaciones, “no están en posición de exterioridad respecto a otro tipo de relaciones”; no se limita al rol de prohibición o represión, antes bien produce, es constituyente de las relaciones, toda vez que éstas necesariamente se dan desde la desigualdad o la partición. Sin embargo, no hay que buscar algún tipo de coherencia, sino concentrar la mirada en los “focos locales” de poder, en cada tipo de relación que posee características distintivas, únicas, no necesariamente acordes a otros focos, a otras relaciones: “Así, en la familia, el padre no es el «representante» del soberano o del Estado; y éstos no son proyecciones del padre en otra escala. La familia no reproduce a la sociedad, y ésta a su vez no la imita” (Idem, p. 122).

El poder viene de abajo, dice Foucault, refiriéndose a que la multiplicidad de quiebres de cada foco local sirve de soporte de grandes escisiones del cuerpo social. No es que cada enfrentamiento reproduzca la dominación existente, sino antes bien que ésta, la dominación, es un efecto de largo alcance del sostenimiento e intensidad de los enfrentamientos. El poder es cínico en la escala local, es decir que los actores deciden en forma intencional, actúan en función de miras y objetivos. Pero no alcanzan a vislumbrar el efecto de los encadenamientos, es decir la formación de amplios dispositivos de conjunto.

Finalmente, todo poder implica necesariamente resistencias, pero éstas también tienen un carácter relacional y local y varían en grado e intensidad. Son la contracara necesaria, y también constituyente, del poder. Por lo que, si “el estado reposa en la integración institucional de las relaciones de poder”, “la codificación estratégica de esos puntos de resistencia (es) lo que torna posible una revolución” (Idem, p. 117).

Sociedades de control

(aquí les dejo la presentación de la clase, ahora que la miro es tal vez demasiado visual, y no se sostiene mucho por sí sola)

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por Luis Sandoval (republicación de la clase 2008 sobre este tema)

El hecho de que estemos hablando hace tres décadas de ella, sugiere que la crisis de represetatividad/ representación ya es una situación endémica de las sociedades modernas. En éste, como en casi todos (o todos) los temas, el análisis requiere de un distanciamiento del sentido común, de un enfrentamiento de las categorías del mismo. En esta clase voy a tratar de centrarme en algunas cuestiones complementarias de los dos textos de trabajo: el capítulo de un libro mío (tal vez en proceso de publicación), escrito hace algunos años,La política del tardocapitalismo, y el librito de Inés Pousadela,Que se vayan todos: enigmas de la representación política.

Me parece que la primera cuestión a despejar es la condición “ficcional” de la representación. Como ficción la define Edmund Morgan en su excelente La invención del pueblo, donde hace una historia de la idea de la representación del pueblo, algo que si lo miramos bien debería causarnos extrañeza y no resultarnos obvio. Morgan empieza su libro con una cita de Dave Hume, donde el filósofo se maravillaba (¡y en 1758!), justamente, de “la facilidad con que las mayorías son gobernadas por las minorías”. La idea de que un grupo de personas encarna la voluntad de todo un pueblo es una ficción, en la misma medida en que lo era -con anterioridad en la historia europea- la idea de que el rey recibía un mandato divino para ejercer el poder. Como ficción operativa, necesitó un proceso largo, complejo y difícil para asentarse: la revolución gloriosa inglesa del siglo XVII, las revoluciones norteamericana y francesa de un siglo después, las experiencias emancipatorias sudamericanas del XIX, son jalones en la historia de esta invención.

Pero en esta historia hay algunos datos más que jugosos. El primero es que el Parlamento, por supuesto, tiene una larga tradición, que viene de los consejos tribales, los cuerpos patricios como el Senado romano, etc., pero en todos estos cuerpos quien participa lo hace por sí mismo (o como cabeza de una familia), y no “representando a” un conjunto de otros ciudadanos. El primer antecedente claro de representación viene de la Inglaterra del siglo XIII, donde el rey convocaba a cuerpos de delegados del pueblo (por supuesto, con restricciones que hacían que el pueblo se limitara a ciudadanos libres y propietarios, pero ese es otro problema) que debían ser elegidos por cada condado o comuna conplena potestas, o sea con capacidad de tomar decisiones vinculantes hacia sus comunidades de origen. El motivo, básicamente, se relacionaba con la imposición de nuevos impuestos para financiar a la corona, su administración y sus emprendimientos bélicos. No era operativo para el rey, en estos casos, que el representante no tuviera poder para asumir obligaciones en nombre de la comunidad. O sea que el hecho de que el representante tenga autonomía viene dado, en su origen pero esto sobrevive, por una necesidad del rey/poder.

Es que la cuestión de la autonomía del representante es uno de los temas más ríspidos en todo este debate. Desde la ingenuidad uno puede creer que el reepresentante debe trasmitir de modo transparente la voluntad de sus representados, pero ello es imposible. Ernesto Laclau dice sobe este punto que la identidad del representado es incompleta, y por eso la relación de representación “es un suplemento necesario para la constitución de la identidad”. Acá estamos de nuevo con el viejo tema antiesencialista, tan caro a las clases de esta materia: si el lenguaje no es una mera descripción de una realidad existente (versión nominalista) sino una construcción de esa realidad, lo mismo sucede en la relación representante/representado. El representado no es preexistente a la relación de representación, sino que se constituye en esa misma relación.

Pero bueno, hay razones más prácticas, y a ellas se refería J.S Mill cuando le decía a las personas que lo habían elegido que su trabajo era tomar mejores decisiones que las que podían tomar ellos por sí mismos. Mill debía ser bastante vanidoso, pero a lo que quería referirse era a que, si las decisiones involucraban a otros grupos, no podía manejarse con inflexibilidad porque ello iba a conducir a que no se pudiera tomar ninguna decisión. Es curioso, pero los políticos liberales tienden, en un extremo, a autonomizar del todo a la política, vaciándola de contenido y volviéndola aplicación técnica, y en el otro, a simplificar al extremo la cuestión y pretendiendo la transparencia absoluta de la representación. Pienso en un dirigente ruralista de nuestra ciudad, del que se habla acerca de una postulación política, y de su idea de firmar un “contrato” con los electores que rija su actuación (bien miradas, las segunda opción es posible a partir de la primera).

Toda esta cuestión se traduce en la discusión acerca de los mandatos imperativos: la idea de que los electores le digan claramente qué hacer al representante (el “contrato” de nuestro pre-candidato), y acá vienen una serie de malentendidos, no siempre ingenuos:

  • como dice Pousadela, esta cuestión es la que distingue a la democracia representativa de la democracia directa. Si hay mandatos imperativos, no hay democracia representativa (y también es posible que con ella se acabe la posibilidad de -en una sociedad compleja- tomar cualquier decisión democrática).
  • pero ello no implica la prohibición de escuchar a las representados e intentar ser lo más fiel posible a sus intereses y necesidades (en esta universidad escuché a un conciliario rechazar las decisiones de una asamblea invocando la negativa a los mandatos imperativos como si se tratara de un delito, cosa que por supuesto no es. El representante puede dejar librado su voto en una decisión específica a lo que opinen sus electores, sólo que si esto lo hace siempre, muy posiblemente estemos en problemas).

Mientras los representados se sientan incluidos en las decisiones que toman los representantes, la cosa funciona más o menos bien. Pero cuando esto deja de ser así, es cuando aparecen los cuestionamientos a la ficción de la representación, Ello pasó claramente en la Argentina de fines de la década de los noventa y comienzos de la actual, con epicentro en el reclamo del 2001: “Que se vayan todos, que no quede ninguno” es una síntesis magistral de este reclamo. Los hechos de 2001 fueron la irrupción del acontecimiento: Eduardo Rinesi ha reflexionado acerca del dato de que estos hechos fueran para las ciencias sociales y las ciencias políticas (mayormente) una sorpresa, y recientemente apareció un libro fundamental sobre este aspecto: Los lentes de Víctor Hugo (el porqué del nombre merece una nota aparte). Por esos años yo trataba de reflexionar sobre la cuestión en un artículo que surgía de la experiencia de esta misma materia.

La diferencia entre representación y representatividad me parece que es fructífera para entender porqué, aún cuando la crisis propiamente política se superó a partir de los gobiernos, primero de Duhalde, luego de Kirchner (en su versión masculina y femenina) y mediante una rearticulación del poder del gobierno central (pero estas cuestiones exeden esta clase), el tema de la crisis de representatividad sigue vigente. Si los problemas en la representación pueden obedecer a malos representantes (corruptos, inoperantes o ambas cosas) y por lo tanto pueden superarse con mejores representantes, el problema de la representatividad nos lleva a un costado totalmente distinto. Pousadela lo abarca cuando diferencia entre crisis y metamorfosis: de lo que se trata es de que las transformaciones sociales están socavando las bases de la representación tradicional, y nos está costando encontrar nuevas formas de reconstitución del sistema político. Esta crisis es también una crisis comunicacional, en la medida en que estamos en sociedades mediáticas. Los proyectos para suturarla deben partir de este dato. Remito a la bibliografía del tema para más información.

Consignas (que quieren ser disparadores):

  1. ¿Qué balance puede hacerse del 2001? ¿Qué cambió? ¿Qué no cambió?
  2. ¿Cuáles son las conexiones que pueden establecerse entre crisis del sistema de representación política y transformaciones de los sistemas comunicativos, tanto en la aparición/desarrollo/expansión de la crisis como en las posibilidades de superación/solución?

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Gente: acá les dejo las dos presentaciones que utilicé en clases, más el video del dormitorio de Luis XIV.

El dormitorio de Luis XIV

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por Luis Sandoval

¿De qué manera la realidad es una construcción? Esta pregunta tiene muchos ribetes, pero es necesario abordarla, aunque sea muy someramente, si queremos evaluar la importancia de los imaginarios en la vida social.

Partamos de una distinción introducida oportunamente por John Searle (1990, 1997): la que diferencia hechos brutos de hechos institucionales. Searle dice que nuestra representación habitual del mundo, y del conocimiento acerca del mundo, supone que el conjunto de hechos que acaecen en él son físicos (“las manzanas caen”) o mentales (“tengo miedo”). Sin embargo, existe un gran número de hechos que de ninguna manera pueden reducirse a meras opiniones que caen por fuera de esta revisión. Hechos como que Esteban y Eugenia contrajeron matrimonio o que Pedro compró su primer auto no son ni físicos ni mentales. Searle propone llamar a su hallazgo hechos institucionales[1].

John Searle

La creación de hechos institucionales es la base de la construcción de la realidad social, pero explicar cómo es que son creados requerirá algunas precisiones conceptuales previas. La primera es la existencia de dos sentidos diferentes por medio de los cuales distinguimos lo objetivo de lo subjetivo: un sentido epistémico (según el cual la objetividad es un predicado de los juicios) y un sentido ontológico (de acuerdo al cual la objetividad se predica de entidades e imputa modos de existencia de las mismas).

En sentido epistémico, la frase “Moreno integró la Primera Junta” es objetiva, y “Moreno era el patriota más lúcido” no lo es. La diferencia entre unos y otros está vinculada a la condición de opinión de los enunciados epistémicamente subjetivos. Sin embargo, esta condición de opinión es variable en el tiempo (“Jesús es el Hijo de Dios” era epistémicamente objetivo en la Europa Medieval, pero es espistémicamente subjetivo hoy).

Por otra parte, en un sentido ontológico, son objetivas las montañas, los árboles y el mar (su modo de existencia no depende de un sujeto), y son subjetivos los dolores y los sentimientos (no pueden existir, si no es de una manera “parasitaria” a un sujeto).

Una segunda precisión conceptual es la premisa de que los objetos tienen dos tipos de rasgos: aquellos que dependen de los seres humanos (observadores) y aquellos que son independientes de ellos. Que el objeto frente a mí es de madera es intrínseco a su naturaleza; que es una mesa no: es relativa a mí como observador. Estos últimos rasgos son ontológicamente subjetivos (sin seres humanos hay fragmentos de madera, pero no “mesas”) pero muchas veces son epistémicamente objetivos (no es una ocurrencia mía que sea una mesa, sino que es, dice Searle, un hecho).

En tercer lugar, Searle introduce el concepto de asignación de función, afirmando que los seres humanos no experimentamos el mundo como colecciones de partículas, ni como masas informes, sino como objetos con funciones (mesas, sillas, autos, mármoles para mesadas e incluso paisajes para contemplar). Algunos de estos objetos han sido construidos por nosotros para que cumplan una función determinada (las sillas y las mesas), pero incluso en los casos en que ello no es así, tenemos la tendencia a asignarles funciones (el vado “sirve” para cruzar el río, o el bosque “es bueno” –sirve- para descansar).

Es importante darse cuenta de que las funciones nunca son intrínsecas a la física de ningún fenómeno, sino que son externamente asignadas por observadores y usuarios conscientes. En una palabra: las funciones nunca son intrínsecas sino relativas al observador. (Searle, 1997, p. 33, cursiva en el original).

Cuando los objetos son construidos para cumplir una determinada función, estamos frente a funciones agentivas. Una de las funciones que puede cumplir un objeto es valer por algún otro y, si es el caso, estamos frente a una función de representación, una subclase de las funciones agentivas.

Una última precisión conceptual resulta necesaria de manera previa al abordaje de la creación de hechos institucionales: la característica de los seres humanos (pero también de muchas otras especies animales) de poseer intencionalidad colectiva. Cualquier hecho que implique la existencia de intencionalidad colectiva (salir de paseo, jugar al fútbol) es un hecho social. Entre estos últimos una subclase especial es la de los hechos institucionales, que son hechos que se derivan de instituciones humanas (jugar al fútbol es un hecho institucional, pero salir de paseo no).

Una vez que ya poseemos este bagaje conceptual podremos entender de qué manera, en la perspectiva de Searle, las personas tenemos la capacidad de creación de hechos (institucionales), es decir de “realidad”. El punto de partida es la intencionalidad colectiva: algo es (o será) un hecho institucional sólo cuando derive de una intención no meramente individual. Yo no puedo crear hechos institucionales, es mi grupo (sociedad, país, etc.) el que puede hacerlo, y lo hace.

Haciendo uso, entonces, de su capacidad de poseer intencionalidad colectiva, el grupo se propone la asignación de una función agentiva a un objeto determinado[2]. Esta función agentiva debe basarse en rasgos no intrínsecos y además no debe derivarse meramente de la constitución física del objeto. No se trata entonces de mesas o lápices (que sólo pueden ser tales en base a sus propiedades físicas) sino de otro tipo de objetos/funciones. Cuando asignamos, p.e., al hecho de que un objeto esférico atraviese el plano comprendido por los palos la función de ser un gol, es claro que esta función no puede ser cumplida en virtud de la constitución física misma del objeto.

Dado que el objeto no puede de por sí cumplir la función que se le asigna, y que ésta deriva además de una intencionalidad colectiva, se sigue que sólo puede continuar cumpliendo esa función en la medida en que exista un acuerdo de cooperación colectivo para ello. Searle da el siguiente ejemplo: supongamos que en una sociedad primitiva una aldea construye alrededor un muro para marcar su territorio e impedir el ingreso de extraños. El muro cumple su función en virtud de su constitución física. Pero supongamos ahora que el tiempo pasa, el muro va derruyéndose y termina convirtiéndose en apenas una línea de piedras, pero los pobladores continúan considerándolo un límite: los foráneos no pueden atravesarlo, los lugareños sí. Ahora las piedras no pueden asegurar el cumplimiento de la función asignada en  virtud de su constitución física, la función en cuestión sólo se cumple por acuerdo colectivo, es, si se quiere, simbólica.

Los textos de antropología llaman rutinariamente la atención sobre la capacidad humana para usar instrumentos. Pero la ruptura verdaderamente radical con otras formas de vida viene cuando los humanos, a través de la intencionalidad colectiva, imponen funciones a fenómenos en circunstancias en que la función no puede cumplirse merced a meras propiedades físicas o químicas, sino que requiere la cooperación humana continua en formas específicas de apercibimiento, aceptación y reconocimiento de un nuevo status al que se asigna una función. Este es el punto de partida de todas las formas institucionales de la cultura humana, y siempre debe tener la estructura «X vale como Y en C» (ibid., pp. 57-58).

Finalmente, el paso clave entre la imposición colectiva de una función y la creación de un hecho institucional es la imposición de un estatus reconocido colectivamente y vinculado a la función.

Resumamos estos puntos en torno a un ejemplo típico: el matrimonio. Que Esteban y Eugenia puedan contraer matrimonio no depende solamente de ellos. Por supuesto que ambos deben –en este caso- prestar su consentimiento, pero nadie puede estar casado en una sociedad donde no exista el matrimonio como institución. No solamente ellos se considerarán casados, sino que todo el grupo social debe hacer lo mismo. El grupo, entonces, asigna a un objeto determinado (constituido en este caso por un rito específico que incluye una variedad de elementos como palabras, firmas, autoridades, requisitos, testigos, etc.) la función de valer como “contraer matrimonio”. Nótese que no existen rasgos intrínsecos al rito que le permitan cumplir con su función, sino que ésta depende exclusivamente de una convención, es decir de un acuerdo colectivo de cooperación. En función de este acuerdo, el grupo considera que Eugenia y Esteban están casados, y esto implica la asignación de un estatus nuevo: los bienes que adquiere cada uno son de ambos, tienen deberes mutuos y adquieren derechos como la posibilidad de adoptar hijos o utilizar los servicios sociales del cónyuge.

Nuestro mundo es un mundo de hechos institucionales y no de hechos brutos. Sólo una fenomenal miopía podría aducir que la realidad queda circunscripta a cosas como montañas, animales o células, y excluir matrimonios, partidos de fútbol e intercambios monetarios.


[1] La distinción searleana entre hechos brutos y hechos institucionales es homóloga a la que realiza John Austin entre enunciados constatativos y realizativos (o performativos). De hecho, el punto de partida es similar, incluso en su formulación: “Durante mucho tiempo los filósofos han presupuesto que el papel de un «enunciado» sólo puede ser «describir» algún estado de cosas, o «enunciar algún hecho», con verdad o falsedad [Sin embargo, esta presunción ha sido revisada, y en los últimos años] ha llegado a sostenerse corrientemente que muchas expresiones que parecen enunciados, o bien no son formuladas en absoluto para registrar o suministrar información directa acerca de los hechos, o tienen ese propósito sólo en parte” (Austin, 1982, pp. 41-43). Por supuesto, Searle fue discípulo directo de Austin.

[2] Recordemos que las funciones agentivas son aquellas que implican la producción del objeto para que cumpla la función asignada, como en el caso de mesas, vasos o museos.

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por Luis Sandoval

Las conceptualizaciones de John L. Austin son sin duda una estocada de muerte al representacionalismo al eliminar la artificial distancia entre lenguaje y realidad en que se sustentaba aquél. Como afirma Austin: “Ha llegado a sostenerse corrientemente que muchas expresiones que parecen enunciados, o bien no son formulados en absoluto para registrar o suministrar información directa acerca de los hechos, o tienen ese propósito sólo en parte”.

La punta del ovillo aparece al considerar ejemplos en donde “parece claro que expresar la oración (por supuesto que en las circunstancias apropiadas) no es describir ni hacer aquello que se diría que hago al expresarme así, o enunciar que lo estoy haciendo: es hacerlo”.

Algunos de los ejemplos dados por Austin son:

  • “Sí, juro (desempeñar el cargo con lealtad, honradez, etc.)”, expresado en el curso de la ceremonia de asunción de un cargo.
  • “Bautizo este barco Queen Elizabeth”, expresado al romper la botella de champaña sobre la proa.
John Austin

John Austin

Austin propone llamar a este tipo de expresiones oraciones realizativas, o simplemente realizativos, neologismo adecuado, dice, porque “indica que emitir la expresión es realizar una acción y que ésta no se concibe normalmente como el mero decir algo”. Los diferencia de los constatativos, categoría que reúne a todos los enunciados que son susceptibles de verificación y a los que habían reducido los representacionalistas al lenguaje.

Podemos decir que, en tanto las acciones aludidas por los enunciados constatativos son (en un primer análisis) independientes del hecho de la enunciación (el acto de llover sucede o deja de hacerlo más allá de que un hablante diga “Llueve”, o no lo haga), no sucede lo mismo con los realizativos. En éstos el acto no sucede, a menos que, en las circunstancias apropiadas, un hablante diga determinadas palabras (no puede afirmarse que alguien juró si no dijo “Juro”, en el ritual cristiano el bautismo no ocurre a menos que el ministro diga “Yo te bautizo”, etc.) Es justamente por ello que Austin denomina a estas acciones actos de habla.

Por otra parte, de los enunciados constatativos puede afirmarse que son verdaderos o falsos, pero no puede hacerse lo mismo con los realizativos. Así, puedo afirmar ‑en el ejemplo anterior‑ al mirar por la ventana: “Es falso (o cierto) que está lloviendo”, pero luego de que un hablante dice “Sí, juro” no puedo afirmar “Es cierto (o falso) que juró”. La pregunta directamente está fuera de lugar y, cuando nos cuestionamos el acto, nuestros interrogantes cobran la forma de “¿Juró sinceramente?”, “¿Cumplirá con lo que dijo?”, etc.

Por ello Austin afirma que “en ningún caso decimos que la expresión es falsa, sino que ella, o más bien el acto, es nulo, o hecho de mala fe, o incompleto, o cosa semejante”.

Hemos mencionado al pasar -y este es un punto en el que podemos subrayar cierto parentesco entre la teoría de los actos de habla y los marcos de análisis vistos anteriormente, ya que comparten la premisa de incorporar el contexto al análisis de la comunicación- que un realizativo debe rodearse de las circunstancias apropiadas, algo en lo que no hicimos hincapié para el caso de los constatativos. Es que, aún cuando no puedo determinar la veracidad de un realizativo apelando a una realidad externa al lenguaje, no por ello debemos pensar que no existe una relación entre la palabra y el contexto extradiscursivo. Es más, es en los realizativos en donde aparece con mayor fuerza el peso del contexto, de las circunstancias.

Con todo, en caso de que las circunstancias no sean las apropiadas, no podemos decir que el acto es falso, sino que ha sido, en general, desafortunado.

No parece pertinente detenerse en las seis reglas que Austin enumera para evitar el infortunio, pero comentar brevemente las dos primeras de ellas puede darnos una mayor idea de en qué medida influye el contexto en el éxito de un realizativo.

Las reglas enunciadas por Austin afirman:

  1. Tiene que existir un procedimiento convencional aceptado, que posea cierto efecto convencional: dicho procedimiento debe incluir la emisión de ciertas palabras por parte de ciertas personas en ciertas circunstancias.
  2. En un caso dado, las personas y las circunstancias particulares deben ser las apropiadas para apelar o recurrir al procedimiento que se emplea.

Pongamos algunos ejemplos. Un matrimonio se entrevista con un juez de menores y le dice “Aceptamos alquilar un niño huérfano por dos años”. El enunciado tiene forma de realizativo, pero no existe un procedimiento convencional  aceptado para la acción en cuestión. Nótese que el procedimiento debe incluir los dos requisitos: existir y ser aceptado, ya que siempre podría argüirse ante la reticencia del juez: “¿Cómo que no se puede?, si esta es la forma ritual para alquilar un niño en las Islas Fidji…”. Que exista un procedimiento no alcanza.

La segunda parte de la regla sirve para limitar el análisis a los procedimientos lingüísticos y se complementa con la segunda regla. Supongamos que entro a la Casa de Gobierno, observo que hay numerosa gente reunida en un salón, entre los que se destacan periodistas y equipos de televisión; observo también que hay un estrado y sobre una mesa una biblia de tapas de cuero. Entonces me encaramo al estrado, apoyo la mano sobre la biblia y digo “Juro con lealtad y patriotismo desempeñar el cargo de ministro de Economía”. Excepto que yo sea el designado para ocupar ese cargo, el acto es claramente inválido y lo más probable es que, además de aparecer en los noticieros en el rincón del anecdotario, tenga que pasar la noche en un calabozo por el chiste. Es evidente que existe un procedimiento aceptado para asumir el cargo de ministro de Economía, pero yo no era la persona apropiada para utilizarlo, aún cuando las circunstancias si lo eran.

Puede darse también que las circunstancias sean las no apropiadas, aunque sí lo fueran las personas. Si luego de que los caballos cruzan el disco le digo a mi compañero “Te apuesto cien pesos a que gana «Rayo Veloz»”, difícilmente mi amigo acepte. Es más, considerará el enunciado como una broma. Existe un procedimiento para apostar y ambos podemos utilizarlo, pero las circunstancias ya no son las apropiadas para recurrir a él.

Otros ejemplos de infortunios son:

  • “Lego mi casa a…”, cuando la casa no es mía.
  • “Bautizo esta mesa con el nombre de Juliana”.
  • Me caso, pero apenas traspasado el umbral de la iglesia huyo y tomo un barco a Malasya. En este caso el procedimiento no se llevó a cabo en todos sus pasos (tanto el Estado como la Iglesia Católica consideran que un matrimonio no consumado es nulo).

Los realizativos primarios

Hasta ahora, todos los ejemplos de realizativos analizados son enunciados en primera persona del singular, presente del indicativo y voz activa. ¿Todos los realizativos adquerirán esta forma? La respuesta es negativa. Podemos imaginar fácilmente enunciados que, bajo otras formas gramaticales, son indudablemente realizativos:

  • Se ruega a los presentes no fumar
  • Mañana iré a tu casa
  • Está despedido

Este tipo de enunciados fueron llamados por Austin realizativos primarios y pueden ser parafraseados por realizativos explícitos:

  • Ruego a los presentes no fumar
  • Prometo que mañana iré a tu casa
  • Declaro que usted está despedido

Nos encontramos aquí con que los realizativos se vuelven similares en su aspecto gramatical a los constatativos. ¿Cómo hacer para diferenciarlos? Luego de analizar todas las posibilidades de diferenciación, Austin no encuentra ninguna viable, sino, por el contrario, numerosos puntos de contacto entre ambos tipos de enunciados.

Esto lo lleva a reconsiderar el sentido en que “decir algo” es “hacer algo”. Postula así que en el acto lingüístico coexisten tres actos diferentes:

a)    actos locucionarios: la emisión de ciertas palabras en una determinada construcción y con un cierto significado. Implica el acto físico de emisión de ciertos sonidos, el hecho de que esos sonidos constituyen fonemas y además el significado de las palabras emitidas, entendiendo por significado, aclara Austin “sentido y referencia”.

b)   actos ilocucionarios: la manera en que se usa la locución, ya que el mismo enunciado puede tener funciones muy diferentes. Realizar un acto locucionario es siempre realizar un acto ilocucionario. No hay uno sin el otro. Austin introduce aquí el concepto de fuerza ilocucionaria: “expresé que realizar un acto en este nuevo sentido es realizar un acto ilocucionario. Esto es, llevar a cabo un acto al decir algo, como cosa diferente de realizar el acto de decir algo. Me referiré a la doctrina de los distintos tipos de función del lenguaje que aquí nos ocupan, llamándola doctrina de las fuerzas ilocucionarias”. La fuerza ilocucionaria no se desprende de las palabras en sí, sino del contexto en que son utilizadas. Así, Austin diferencia entre el significado de una oración (que envía al acto locucionario) y su fuerza (que constituye el acto ilocucionario).

c)    actos perlocucionarios: las consecuencias o efectos que el acto de habla tiene sobre el auditorio, sobre el hablante o sobre otras personas.

La singularidad del acto locucionario parece bastante clara, pero en un primer acercamiento no son tan nítidas las diferencias entre el acto ilocucionario y el acto perlocucionario, ya que ambos remiten a las concecuencias que acarrea el enunciado. Para Austin la diferencia fundamental está en el carácter convencional de las consecuanecias de los actos ilocucionarios, mientras que las de los perlocucionarios siempre son no convencionales (y como tales pueden ser o no queridas por el locutor).

Enunciar, como en el ejemplo, “Bautizo este barco Queen Elizabeth”, evidentemente tiene consecuencias: el barco pasa a ser llamado de esa manera y referirse a él como “Venus del Mar” es francamente inapropiado. De la misma forma si digo “Te apuesto cien pesos a que mañana va a llover” (y si el destinatario de mi locución acepta la apuesta), deberé atenerme a las consecuencias: cobrar los cien pesos si llueve, pagarlos si no llueve, o exponerme al descenso de mi credibilidad si no cumplo lo pactado.

Por otra parte un observador de la última situación puede decir de mi actitud: “Está fanforraneando”; o, en las circunstancias apropiadas (supongamos que el destinatario de la apuesta ha invertido todo su dinero en un comercio al aire libre y la lluvia ha sido incesante todo el verano, por lo que está a punto de quebrar), puede pensar “Lo está humillando”. Fanforranear, humillar, insultar, amenazar, son todas acciones que desarrollamos por medio del lenguaje, pero no son convencionales. Estas últimas constituyen actos perlocucionarios, a diferencia de las del párrafo anterior que eran actos ilocucionarios. Los actos perlocucionarios operan como una suerte de interpretaciones, por parte del receptor o de terceros, del acto lingüístico. Por ello, no se prestan al uso de la primera persona en tiempo presente. Tan es así que el lenguaje ordinario ni siquiera contempla expresiones como “Yo lo humillo”, “Yo fanfarroneo”, “Yo lo insulto”, etc.

Como consecuencia del carácter de interpretaciones del enunciado que tienen los actos perlocucionarios, se prestan a múltiples versiones. “¿Me está elogiando, o se ríe de mí?”, piensa uno a veces ante una frase demasiado alabatoria. En contrapartida, los actos ilocucionarios son convencionales, y por lo tanto no están sujetos a este tipo de equívocos: apostar es apostar y todos sabemos (conocemos la convención) lo que esto implica y las obligaciones que se contraen. Los actos ilocucionarios no dan lugar a ambigüedades, sino a infortunios como los descriptos más arriba.

Notas

AUSTIN, Jhonn L . Cómo hacer cosas con palabras, Paidós, Barcelona, 1982, pág. 43.

Idem, pág. 46.

Idem, pág. 47. En la bibliografía en castellano sobre el tema conviven dos neologismos distintos: expresiones realizativas y expresiones performativas. Hemos adoptado el primero siguiendo el criterio de los traductores de Austin al castellano, ya que nos parece más respetuoso del espíritu del término. Performativo es un neologismo introducido a partir del verbo inglés que utiliza Austin, to perform que en general puede tradicirse justamente como realizar. A los efectos de analizar estos conceptos deben entenderse a realizativo y performativo como términos plenamente sinónimos.

Idem, pág. 52.

Idem, pág. 56.

Idem, pág. 144.

Esta afirmación no se desprende estrictamente de los textos de Austin, en donde el origen de la fuerza ilocucionaria permanece ambigua. Si bien Austin considera la importancia del contexto: “desde hace algunos años venimos advirtiendo cada vez con mayor claridad que la ocasión en que una expresión se emite tiene gran importancia, y que las palabras usadas tienen que ser «explicadas» en alguna medida, por el «contexto» dentro del cual se intenta usarlas o fueron realmente usadas en un intercambio lingüístico” (Austin, op. cit., pág. 144), los mismos entrecomillados resaltan la provisoriedad de este análisis. En general, el proyecto austiniano profundiza en las misma construcción discursiva para afianzar el concepto de acto ilocucionario.

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por Luis Sandoval

Transparencia y opacidad de los signos

En un recomendable texto acerca de los fundamentos de la pragmática lingüística, François Récanati reseña los aspectos centrales de las filosofías del lenguaje contra las que se alzan a partir de mediados del siglo XX los filósofos del lenguaje ordinario. Retomaremos únicamente aquellos que parecen imprescindibles para situar a la teoría de los actos de habla en el hilo de nuestra argumentación.

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¿Transparencia u opacidad? Las gotas en el vidrio lo hacen emerger y vuelven evidente su materialidad (Foto de Lily Kim)

Desde la formulación de la teoría clásica del signo se ha utilizado para caracterizarlo una metáfora que podríamos llamar “metáfora del vidrio”, ya que sus dos polos han sido transparencia vs. opacidad. Esto es así, por ejemplo, en la lógica de Port Royal -referencia obligada de esta teoría clásica- en donde se define a un signo como “una cosa que representa otra cosa”. Así, subyacen al signo dos esencias diferentes: la de cosa y la de representante. En el primer caso, diremos que el signo es una cosa como cualquier otra, construida con el mismo material. Por ello también, cualquier cosa puede convertirse en signo, si se establece la relación de significación apropiada. El sol, por ejemplo, es una cosa y puede tomarse como un no signo, es decir puede observarse en sus características propias: una estrella de determinado tipo, tamaño y ubicación en el universo. Sin embargo, también puede convertirse en signo: podemos decir que el sol me indica que la lluvia ha llegado a su término, con lo que significa esta otra cosa (fin de la lluvia). Es más, podemos convertir al sol en emblema y hacer que signifique el luminoso porvenir de la patria o el ideal de justicia, etc.

Ahora bien, esta doble esencia del signo hace que establezca asimismo una doble relación: con la cosa significada y con él mismo como cosa. En el primer caso el signo es transparente, sirve únicamente como vehículo de la cosa significada; en el segundo es opaco, no deja ver la cosa significada, sino que se antepone a la misma. Veamos otro ejemplo. Podemos leer un diario de dos maneras distintas: en la primer forma “utilizamos” las letras para aprehender el contenido de los artículos, nos interesa lo que quiere decirnos el autor, los hechos a que se refiere, etc. Pero también podemos leerlo realizando un análisis de su diseño, considerar las tipografías utilizadas, la disposición en el espacio de títulos, textos y fotografías, la inclusión de elementos gráficos (líneas, sombreados, colores), etc. En el primer caso los signos constituidos por las letras e imágenes son transparentes, nos sirven para alcanzar los contenidos vehiculizados. En el segundo caso, en cambio, los signos se han opacado: ya no vemos el contenido aludido, sino que nos detenemos en la misma composición de los signos.

Usos opacos y transparentes del lenguaje: la prueba de sustituibilidad

Parece interesante detenerse un poco en este punto. Hemos descrito una situación (la lectura de un periódico) en que la distinción transparencia/opacidad va de la mano con la utilización de (al menos) dos códigos diferentes: el lenguaje escrito por un lado y los códigos visuales (de presentación espacial) en el otro. Sin embargo, dentro mismo del lenguaje podemos encontrar usos transparentes de los signos y uso opacos de los mismos. Para discernir cuándo aparece cada uno es posible utilizar la prueba del principio de sustituibilidad: si la expresión es susceptible de ser sustituida por una expresión codesignativa manteniendo la veracidad del enunciado, entonces nos encontramos con una ocurrencia puramente designativa (en la terminología de Quine), es decir con un uso transparente de la expresión. Si ocurre lo contrario, entonces estaremos frente a una ocurrencia no puramente designativa, vale decir un uso opaco de la expresión.

Veamos algunos ejemplos para aclarar estos conceptos. Supongamos la frase (1):

(1)Manuel Belgrano murió en la mayor pobreza.

Podemos preguntarnos si la utilización del signo “Manuel Belgrano” es transparente u opaco. Para dilucidarlo utilizamos el principio mencionado: reemplazamos el signo por una expresión codesignativa (por ejemplo “El creador de la bandera argentina”). Si el enunciado sigue siendo verdadero luego de la sustitución estaremos frente a un uso transparente del signo:

(2) El creador de la bandera murió en la mayor pobreza.

El enunciado sigue siendo verdadero, por lo que estamos ante una ocurrencia puramente designativa o un uso transparente del lenguaje. Veamos el siguiente ejemplo:

Belgrano siempre es un ejemplo

Belgrano siempre es "un ejemplo"

(3) Belgrano = Creador de la bandera (verdadero)

(4) “Belgrano” tiene ocho letras (verdadero)

(5) “Creador de la bandera” tiene ocho letras (falso)

Nos encontramos aquí con una ocurrencia, la (4), que no es puramente designativa. Es evidente por lo demás que el enunciado no se refiere a la persona Belgrano sino a la forma de su nombre, por lo que la prueba parecería un detalle innecesario. Consideremos sin embargo el siguiente ejemplo, mencionado por Récanati:

(6) Tegucigalpa = Capital de Honduras (verdadero)

(7) Felipe cree que Tegucigalpa está en Nicaragua (verdadero)

(8) Felipe cree que la capital de Honduras está en Nicaragua (falso)

Aquí la cosa no está tan clara y entonces la prueba adquiere su verdadera utilidad para la disquisición. Felipe puede ser lo suficientemente ignorante como para creer que Tegucigalpa está en Nicaragua, pero no necesariamente tiene que ser estúpido, a fin de creer que la capital de un país está en otro país.

La transparencia al extremo: el representacionalismo

Bertrand Russell

Bertrand Russell

La teoría clásica del signo aquí muy brevemente expuesta fue deshechada en las primeras décadas de este siglo por quienes Récanati llama “representacionalistas”, especialmente Bertrand Russell, para quien el objeto fundamental del lenguaje es la representación de la realidad por medio de enunciados (proposiciones) de las cuales es posible afirmar su veracidad o falsedad. Para Russell “las palabras no son necesarias más que para expresar el pensamiento; son (por así decirlo) transparentes y nada se dice con respecto a ellas. Tal es el uso ordinario y cotidiano del lenguaje”.

Estamos ante una concepción muy fuerte de la transparencia de los signos: las palabras aluden directamente a las cosas significadas y por lo tanto se las entiende genéricamente como nombres de esas cosas. La relación entre una palabra y la cosa que representa es similar a la que existe entre una botella y la etiqueta que indica su contenido. ¿Qué queda entonces de la opacidad de los signos? ¿Cómo explicar enunciados como el (4)?

Hemos visto anteriormente que Russell, en su intento de dar una respuesta a las paradojas lingüísticas, elaboró su teoría de los tipos lógicos -adoptada por Bateson- en la que discernía diferentes niveles del lenguaje. Pues bien, la solución de Russell en su teoría de las descripciones, a las preguntas que nos ocupan parte de la misma matriz.

Si tenemos los siguientes enunciados:

(9) Belgrano creó la bandera

(10) “Belgrano” tiene ocho letras

los representacionalistas dirán que aparecen aquí algo así como dos niveles diferentes de utilización del signo o, más claramente, que la palabra inicial en las dos oraciones no es la misma. En (9) tenemos la palabra Belgrano (sin comillas) en tanto que en (10) tenemos la palabra “Belgrano” (con comillas). En el primer caso la palabra se refiere al individuo, en tanto que en el segundo remite al nombre del individuo.

Para los representacionalistas hay tanta diferencia entre Belgrano y “Belgrano” como entre Belgrano y San Martín. Es más, en el segundo caso la diferencia es menor, ya que refieren al mismo tipo de objeto. De esta manera todos los enunciados son transparentes, ya que la prueba de sustituibilidad sólo indica que ha habido un error en la elección de las expresiones codesignativas.

Jakobson: la metáfora del tubo en la lingüística

Roman Jakobson

Roman Jakobson

El representacionalismo tiene una especial vinculación con el modelo informacional de la comunicación que nace de la adaptación de la teoría shannoniana a las ciencias humanas, con el consiguiente pasaje de la metáfora del tubo. Ya hemos mencionado la relación de exterioridad para con los mensajes que postula este modelo, para quien el significado del mensaje no está dado en absoluto por el contexto de la comunicación. Esto implica que los elementos del código tienen una relación de nominación directa para con sus representados. Esto ocurre así en el campo de la ingeniería: determinada codificación binaria representa si y sólo si un sonido en la reproducción de discos compactos; determinado código hexadecimal representa un color entre los incluidos en una paleta de más de 16 millones, etc.

Roman Jakobson adopta, junto al modelo informacional de Shannon, la concepción representacionalista del lenguaje que le es inherente. Así, para Jakobson, el lenguaje tiene seis funciones principales, correlativas a los seis elementos principales del proceso de comunicación (emisor, mensaje, canal, código, receptor y contexto). Las seis funciones que enumera serán respectivamente la emotiva, poética, fática, metalingüística, conativa y referencial. En un enunciado no se cumple una sola función, sino que se establece una jerarquía entre ellas, por lo que podemos afirmar por ejemplo que en un enunciado “prevalece la función fática”.

Es válido aclarar que cuando Jakobson menciona el contexto, éste no aparece como condicionante del significado. Las funciones del lenguaje son cumplidas por el enunciado en sí mismo y el contexto -mejor denominado referente- es esa porción de la realidad a la que alude el enunciado, por lo que nos enfrentamos a una postura claramente representacionalista.

Notas

RÉCANATI, François. La transparencia y la enunciación. Introducción a la pragmática, Hachette, Buenos Aires, 1981.

RUSSEL, Bertrand. “Is Mathematics Purely Linguistic?” en Essays in Analysis, Londres, 1973, cit. por Idem, pág. 31.

Esto nos plantea un dilema porque, como veremos, la teoría de las descripciones es sumamente insuficiente para explicar el funcionamiento del lenguaje y, sin embargo, hemos considerado positivamente las consecuancias derivadas de la utilización de la teoría de los tipos lógicos -íntimamente vinculada a la primera- realizada por Bateson y Watzlawick en la explicación de la comunicación humana. No nos es posible en este momento desarrollar esta problemática.

JAKOBSON, Roman, op. cit.

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