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por Luis Sandoval

¿De qué manera la realidad es una construcción? Esta pregunta tiene muchos ribetes, pero es necesario abordarla, aunque sea muy someramente, si queremos evaluar la importancia de los imaginarios en la vida social.

Partamos de una distinción introducida oportunamente por John Searle (1990, 1997): la que diferencia hechos brutos de hechos institucionales. Searle dice que nuestra representación habitual del mundo, y del conocimiento acerca del mundo, supone que el conjunto de hechos que acaecen en él son físicos (“las manzanas caen”) o mentales (“tengo miedo”). Sin embargo, existe un gran número de hechos que de ninguna manera pueden reducirse a meras opiniones que caen por fuera de esta revisión. Hechos como que Esteban y Eugenia contrajeron matrimonio o que Pedro compró su primer auto no son ni físicos ni mentales. Searle propone llamar a su hallazgo hechos institucionales[1].

John Searle

La creación de hechos institucionales es la base de la construcción de la realidad social, pero explicar cómo es que son creados requerirá algunas precisiones conceptuales previas. La primera es la existencia de dos sentidos diferentes por medio de los cuales distinguimos lo objetivo de lo subjetivo: un sentido epistémico (según el cual la objetividad es un predicado de los juicios) y un sentido ontológico (de acuerdo al cual la objetividad se predica de entidades e imputa modos de existencia de las mismas).

En sentido epistémico, la frase “Moreno integró la Primera Junta” es objetiva, y “Moreno era el patriota más lúcido” no lo es. La diferencia entre unos y otros está vinculada a la condición de opinión de los enunciados epistémicamente subjetivos. Sin embargo, esta condición de opinión es variable en el tiempo (“Jesús es el Hijo de Dios” era epistémicamente objetivo en la Europa Medieval, pero es espistémicamente subjetivo hoy).

Por otra parte, en un sentido ontológico, son objetivas las montañas, los árboles y el mar (su modo de existencia no depende de un sujeto), y son subjetivos los dolores y los sentimientos (no pueden existir, si no es de una manera “parasitaria” a un sujeto).

Una segunda precisión conceptual es la premisa de que los objetos tienen dos tipos de rasgos: aquellos que dependen de los seres humanos (observadores) y aquellos que son independientes de ellos. Que el objeto frente a mí es de madera es intrínseco a su naturaleza; que es una mesa no: es relativa a mí como observador. Estos últimos rasgos son ontológicamente subjetivos (sin seres humanos hay fragmentos de madera, pero no “mesas”) pero muchas veces son epistémicamente objetivos (no es una ocurrencia mía que sea una mesa, sino que es, dice Searle, un hecho).

En tercer lugar, Searle introduce el concepto de asignación de función, afirmando que los seres humanos no experimentamos el mundo como colecciones de partículas, ni como masas informes, sino como objetos con funciones (mesas, sillas, autos, mármoles para mesadas e incluso paisajes para contemplar). Algunos de estos objetos han sido construidos por nosotros para que cumplan una función determinada (las sillas y las mesas), pero incluso en los casos en que ello no es así, tenemos la tendencia a asignarles funciones (el vado “sirve” para cruzar el río, o el bosque “es bueno” –sirve- para descansar).

Es importante darse cuenta de que las funciones nunca son intrínsecas a la física de ningún fenómeno, sino que son externamente asignadas por observadores y usuarios conscientes. En una palabra: las funciones nunca son intrínsecas sino relativas al observador. (Searle, 1997, p. 33, cursiva en el original).

Cuando los objetos son construidos para cumplir una determinada función, estamos frente a funciones agentivas. Una de las funciones que puede cumplir un objeto es valer por algún otro y, si es el caso, estamos frente a una función de representación, una subclase de las funciones agentivas.

Una última precisión conceptual resulta necesaria de manera previa al abordaje de la creación de hechos institucionales: la característica de los seres humanos (pero también de muchas otras especies animales) de poseer intencionalidad colectiva. Cualquier hecho que implique la existencia de intencionalidad colectiva (salir de paseo, jugar al fútbol) es un hecho social. Entre estos últimos una subclase especial es la de los hechos institucionales, que son hechos que se derivan de instituciones humanas (jugar al fútbol es un hecho institucional, pero salir de paseo no).

Una vez que ya poseemos este bagaje conceptual podremos entender de qué manera, en la perspectiva de Searle, las personas tenemos la capacidad de creación de hechos (institucionales), es decir de “realidad”. El punto de partida es la intencionalidad colectiva: algo es (o será) un hecho institucional sólo cuando derive de una intención no meramente individual. Yo no puedo crear hechos institucionales, es mi grupo (sociedad, país, etc.) el que puede hacerlo, y lo hace.

Haciendo uso, entonces, de su capacidad de poseer intencionalidad colectiva, el grupo se propone la asignación de una función agentiva a un objeto determinado[2]. Esta función agentiva debe basarse en rasgos no intrínsecos y además no debe derivarse meramente de la constitución física del objeto. No se trata entonces de mesas o lápices (que sólo pueden ser tales en base a sus propiedades físicas) sino de otro tipo de objetos/funciones. Cuando asignamos, p.e., al hecho de que un objeto esférico atraviese el plano comprendido por los palos la función de ser un gol, es claro que esta función no puede ser cumplida en virtud de la constitución física misma del objeto.

Dado que el objeto no puede de por sí cumplir la función que se le asigna, y que ésta deriva además de una intencionalidad colectiva, se sigue que sólo puede continuar cumpliendo esa función en la medida en que exista un acuerdo de cooperación colectivo para ello. Searle da el siguiente ejemplo: supongamos que en una sociedad primitiva una aldea construye alrededor un muro para marcar su territorio e impedir el ingreso de extraños. El muro cumple su función en virtud de su constitución física. Pero supongamos ahora que el tiempo pasa, el muro va derruyéndose y termina convirtiéndose en apenas una línea de piedras, pero los pobladores continúan considerándolo un límite: los foráneos no pueden atravesarlo, los lugareños sí. Ahora las piedras no pueden asegurar el cumplimiento de la función asignada en  virtud de su constitución física, la función en cuestión sólo se cumple por acuerdo colectivo, es, si se quiere, simbólica.

Los textos de antropología llaman rutinariamente la atención sobre la capacidad humana para usar instrumentos. Pero la ruptura verdaderamente radical con otras formas de vida viene cuando los humanos, a través de la intencionalidad colectiva, imponen funciones a fenómenos en circunstancias en que la función no puede cumplirse merced a meras propiedades físicas o químicas, sino que requiere la cooperación humana continua en formas específicas de apercibimiento, aceptación y reconocimiento de un nuevo status al que se asigna una función. Este es el punto de partida de todas las formas institucionales de la cultura humana, y siempre debe tener la estructura «X vale como Y en C» (ibid., pp. 57-58).

Finalmente, el paso clave entre la imposición colectiva de una función y la creación de un hecho institucional es la imposición de un estatus reconocido colectivamente y vinculado a la función.

Resumamos estos puntos en torno a un ejemplo típico: el matrimonio. Que Esteban y Eugenia puedan contraer matrimonio no depende solamente de ellos. Por supuesto que ambos deben –en este caso- prestar su consentimiento, pero nadie puede estar casado en una sociedad donde no exista el matrimonio como institución. No solamente ellos se considerarán casados, sino que todo el grupo social debe hacer lo mismo. El grupo, entonces, asigna a un objeto determinado (constituido en este caso por un rito específico que incluye una variedad de elementos como palabras, firmas, autoridades, requisitos, testigos, etc.) la función de valer como “contraer matrimonio”. Nótese que no existen rasgos intrínsecos al rito que le permitan cumplir con su función, sino que ésta depende exclusivamente de una convención, es decir de un acuerdo colectivo de cooperación. En función de este acuerdo, el grupo considera que Eugenia y Esteban están casados, y esto implica la asignación de un estatus nuevo: los bienes que adquiere cada uno son de ambos, tienen deberes mutuos y adquieren derechos como la posibilidad de adoptar hijos o utilizar los servicios sociales del cónyuge.

Nuestro mundo es un mundo de hechos institucionales y no de hechos brutos. Sólo una fenomenal miopía podría aducir que la realidad queda circunscripta a cosas como montañas, animales o células, y excluir matrimonios, partidos de fútbol e intercambios monetarios.


[1] La distinción searleana entre hechos brutos y hechos institucionales es homóloga a la que realiza John Austin entre enunciados constatativos y realizativos (o performativos). De hecho, el punto de partida es similar, incluso en su formulación: “Durante mucho tiempo los filósofos han presupuesto que el papel de un «enunciado» sólo puede ser «describir» algún estado de cosas, o «enunciar algún hecho», con verdad o falsedad [Sin embargo, esta presunción ha sido revisada, y en los últimos años] ha llegado a sostenerse corrientemente que muchas expresiones que parecen enunciados, o bien no son formuladas en absoluto para registrar o suministrar información directa acerca de los hechos, o tienen ese propósito sólo en parte” (Austin, 1982, pp. 41-43). Por supuesto, Searle fue discípulo directo de Austin.

[2] Recordemos que las funciones agentivas son aquellas que implican la producción del objeto para que cumpla la función asignada, como en el caso de mesas, vasos o museos.

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